Le encantaba sentarse entre los árboles a pensar. Le hacía sentirse conectado consigo mismo, con ese todo que nos rodea y que nos empecinamos en obviar. A veces sentía que era cierto aquello que le habían dicho, que somos todos uno. Al fin y al cabo, no podía encontrar una explicación más sensata.
¿Qué pensaba en esos momentos de intimidad? ¿Qué lo atraía tanto a buscar esa experiencia? De niño solía mirarse al espejo y repetir su nombre mientras se miraba a los ojos, como tratando de encontrar el alma en la negrura de sus pupilas. Ese negro simbolizaba aquello que él buscaba pero no encontraba, aquello que miraba y no entendía; toda su cultura, su entendimiento de este mundo naufragaba en aquel senote misterioso, de boca pequeña y profundidades inexploradas, el mismo que lo unía con todos y cada uno de los hombres que llegaron antes que él y que también habrán hurgado en él esperanzados de encontrar lo que nadie poseía. Quería sumergirse en esas aguas, bañarse de dudas, a ver si terminaba por descubrir qué se escondía en el lecho. Sus pupilas, negras como la noche, cuando la oscuridad cubre todo lo que nos rodea, y nos deja desnudos, espectadores ante la inmensidad del universo, infinitamente grande él e infinitamente pequeños nosotros, desnudos, despojados de las Cosas, esos artefactos religiosos que llevamos colgados, que adoramos, que nos cogemos... tan superados nos creemos, tan iluminados, tan no creyentes, tan inteligentes, tan más allá de todo, pero estamos tan aferrados a nuestra religión materialista como los cristianos medievales a sus cruces e iglesias y fábulas, tan esclavos como ellos... tan creyentes como aquellos ingenuos indios, qué idiotas ellos, adoraban al sol, qué cosa más extraña, que cosa más estúpida... Se miraba al espejo y repetía “soy Milea, soy Milea...”...
¿Qué lo atraía tanto de esa experiencia? Desprenderse de todo, enfocarse, perder de vista lo material, lo presuntuoso, de esas rubias taradas que buscan toda la atención; Judith, en cambio, se paraba más al fondo, más silenciosa, más modesta, más profunda. Había buscado esa verdad en muchas mujeres y unas pocas lo habían acercado. Marina había sido su baqueana más virtuosa, lástima que a veces el amor naufraga por cuestiones mucho menos trascendentales; como un cuerpo que sucumbe ante la falla de un simple órgano. Aquel barco se hundió pero lo acercó tanto más a su horizonte, que no podía estar menos que agradecido.
¿Y si al final sucedía que no somos más que almas en tránsito hacia un mundo puramente espiritual? ¡Qué chiste de mal gusto! Tanto todo para nada...
Siempre se había sentido distinto, no era la norma, había creído estar loco y luego se conformó con ser un fracasado, lo peor, es que él se lo había creído, se había medido con la vara equivocada; mientras que su obsesión siempre había sido buscarse, conocerse; demasiadas veces, demasiadas, había cerrado los ojos a ese llamado, mirado para otra parte, desatendido su hambre, ocultado su dolor, disfrazádose de otro... pero “uno siempre vuelve a su primer amor”... decía su papá... y el universo fluye y nos lleva, sólo hay que saber escucharlo... como un río imparable, busca su curso, insiste, no capitula, no se rinde, no descansa, rompe cualquier cosa que se le ose cruzar; el universo y el tiempo, nada más fuerte, nada más simple, nada más que eso...
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